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Pregón de la Semana Santa de Ávila en Madrid 2012

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Cartel de la Semana Santa en Ávila 2012

Texto íntegro de la intervención de la consejera de Cultura y Turismo durante el Pregón de la Semana Santa de Ávila en Madrid 2012.

Cartel de la Semana Santa en Ávila 2012

Señor presidente del Junta de Semana Santa, autoridades, amigos del Hogar de Ávila en Madrid, señoras y señores:

Si este momento constituye para mí una ocasión entrañablemente sentida y agradable, les confieso, sin embargo, no haberme imaginado nunca antes en esta situación: nada más y nada menos que pregonando la Semana Santa de Ávila, y en esta villa y corte de Madrid. Es una de estas buenas cosas que deparan el ajetreo de la vida pública, por un lado; y la buena e inmerecida amistad de gentes de la tierra, por otro. Esas gentes sois vosotros, magnífico grupo de mujeres y hombres que constituís nuestra embajada cultural, laboral y sentimental en esta querida capital de España, y que formáis este Hogar de Ávila en Madrid.

Vaya pues, en primer lugar, mi gratitud a vosotros y a la Junta de Semana Santa de mi querida ciudad de Ávila, por honrarme  con el favor de añadirme a la lista de ilustres oradores que me han precedido en esta privilegiada tarea.  

Les confieso también mi temor ante el reto que supone poder estar a la altura de su encargo, tratar de transmitirles el sentido profundo y trascendente que anima y vivifica a los hombres y mujeres de nuestra tierra cuando, como cada año, se disponen ya a vivir la renovada experiencia de zambullirse en este cúmulo de religiosidad, emoción y espíritu, que constituye la Semana Santa.

Semana Santa abulense envuelta en el ropaje de su paisaje bíblico, amurallado espacio medieval y romano, y que emula en su trasfondo a la Jerusalén sagrada; Patrimonio de la Humanidad erigido como soberbio baluarte ante el extenso espacio de naturaleza infinita y yerma. Tierra dura y recia, pero capaz de alumbrar gentes enamoradas, y fieles a un pasado al que procuran recuperación y cuidado con su trabajo, pero al que procuran hacer crecer desde el presente.

Por unos días, las creencias se tornan aquí espectáculo que sublima y maravilla, al situarnos, una vez más, ante el fenómeno de una fe que se vuelve acontecer cultural y artístico. Un espectáculo que contemplamos arropados por esa muralla que resume lo que nuestra ciudad ha sido y es en la historia y en la cultura, en el arte y en la ciencia, y que simboliza el fruto del trabajo de una sociedad laboriosa y culta; amable y recia; protectora y cercana.

Nosotros, nacidos en solar de santos, hemos bebido la mística y caminado las huellas de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y hemos construido nuestras vidas en una sociedad iluminada con su luz, la luz de las creencias en el Misterio de Cristo doliente, Dios que padece su inmolación por los hombres, pero luz que alumbra también el sentido de cualquier hombre o mujer sufriente. Somos nosotros – de solar de santos- quienes mejor podemos entender la dimensión humana de este solemne drama, y la proyección divina que esconde la devoción de procesiones, pasos y penitentes.

Vivencias y sensaciones nuestras, pero siempre dispuestos  en Ávila a compartir con otras gentes. Ya la ciudad se abre al visitante, y le recibe y le une con el deseo de integrarle en procesiones, vía crucis y pregones; marchas e himnos para hacer que vibre, viva y se emocione con nosotros, en todos y cada uno de los sublimes momentos de nuestra íntima y acogedora Semana Santa abulense.

Hombres y mujeres de España, ciudadanos del mundo en este Madrid global y cosmopolita: os invito con el alma a esta nuestra Semana Santa; la Semana Santa de Ávila. Comprobad su espiritual fuerza, su mística esculpida, procesionada y bella; el poder evocador de nuestras calles, muros y plazas, la contrastada tradición y actual fuerza de una sociedad que ha hecho de este rito sagrado una celebración cívica reconocida nacionalmente en su turístico prestigio, y que, aspira a darse a conocer al mundo entero.

Como tantas en nuestra castellana y leonesa tierra, la celebración abulense bebe en las que ancestralmente llevaban a cabo tantos pueblos y ciudades: recorrido de «estaciones» por los templos y parroquias; «Jueves de la Cena», y «Viernes de la Cruz» hacia la «Pascua florida de la Resurrección».

Posteriormente, gremios, hermandades, cofradías y sociedades se aplican tanto a la devoción de oficios y menestrales como a la social asistencia y ejercicio de la caridad corporativa, aplicando la doctrina que el santo valenciano -San Vicente Ferrer- predicara en su viaje por Castilla y León, allá por el año 1412.

Así, muy pronto, cofradías y hermandades penitenciales se convertirán en verdaderos artífices e impulsoras de la Semana Santa castellana, de forma que hoy resulta muy fácil seguir en Castilla y León el rastro y la estrecha relación que existe entre el desarrollo gremial de nuestros pueblos y ciudades, y la importancia artística, cultural y religiosa de sus semanas santas.    

Para nosotros, en Ávila, hablar de la Semana Santa es remontarnos a un muy lejano Jueves Santo, el de 1540. Así lo muestra la historia de alguna de nuestras cofradías, la Hermandad de la Santísima Trinidad y Nuestra Señora de las Vacas, fundada ya en el siglo XIII. Con su caridad sostenía el hospital en el que recogían pobres y peregrinos; y así también, en el suyo, lo hacía desde el siglo XIV la Hermandad de Santa María Magdalena, hoy integrada en la Cofradía llamada de la Purísima Concepción, Santa María Magdalena y Ánimas.

Trece cofradías en total perviven hoy en Ávila, y a ellas la devoción popular suma ahora en nuestra ciudad una más, la joven Hermandad de los Estudiantes. Esas Cofradías, garantes históricas de la esencia devocional y penitente, han aportado y conservado además el excelente patrimonio artístico de su imaginería, a la vez que su vistosa uniformidad colorista, la disciplina procesional y el sentimiento de emoción que supone acompañar cada paso. Ser hermano de cofradía, un honor y un privilegio, se vuelve con frecuencia herencia y tradición familiar; y constituye siempre estímulo que impulsa una conducta cívica y moral para la propia conversión y exigencia.

Con todas estas Hermandades y Cofradías, y desde el reconocimiento a su imprescindible tarea en favor de la celebración, he tenido la satisfacción de impulsar y presidir desde la Consejería un acuerdo que espero pueda hacer más fácil, en este 2012 de penurias y estrecheces, la celebración digna y esplendorosa de nuestra Semana Santa abulense.

En todo caso, la fe y pujanza de cofrades y penitentes de nuestra tierra confluyen en esa extraordinaria mezcla de arte y sentimiento que constituyen las tallas, imágenes y pasos de nuestra pasión abulense. Una extraordinaria generación de imagineros por un lado, y las exigencias devocionales por otro, hicieron florecer el impresionante grupo de escultores que dieron categoría universal al arte que sustenta nuestra Semana Santa,

De los Gregorio Fernandez, Juan de Juni, Berruguete, y sus escuelas, contamos en Ávila con magníficos grupos escultóricos. Un legado artístico al que ha ido añadiéndose la espléndida colección de obras de artistas posteriores y modernos como Plácido Martín Sampedro, Antonio Arenas, Gerardo Morante, Pedro González Martín o Manuel Romero, entre otros. 

En los frutos de su creatividad y de sus manos, los abulenses hemos aprendido desde niños a leer los episodios de la Pasión y Muerte de Cristo en el mejor de los libros: el libro de la madera viva, hecha color y sufrimiento, ese que lleva hasta la puerta de nuestras casas, cada primavera, la atravesada imagen de la Virgen de las Angustias, mientras sostiene en su regazo a un bellísimo Cristo muerto por nuestras culpas, inmolado por nuestros pecados. 

Geniales tallistas a los que hay que añadir músicos, poetas y pintores que han tomado como fuente de inspiración esta manifestación de fe, y que han plasmado sus sentimientos en las extraordinarias obras de arte de su legado: Ignacio de Zuloaga en su Cristo de la Sangre, o los magníficos motetes, antífonas y responsorios para Semana Santa compuestos por el abulense universal, Tomás Luis de Vitoria.

«¡Ya huele a cirio!». Y conforme se va acercando el tiempo, sobre el incomparable escenario de la ciudad amurallada, un ejército incansable de cofrades y penitentes prepara ya túnicas y capirotes, y ensaya hasta la saciedad la monocorde y ritual música de cornetas y tambores; limpia, arregla y engalana imágenes, y prepara tronos y pasos para el desfile. 

Todo ha de estar listo cuando el tiempo y la tradición reclamen, otra vez, la presencia de ese pueblo austero y riguroso, resignado y fiel, y llene aceras y calles. Ávila reabre así el ciclo universal de arrepentimiento, vida y salvación; adelanta el rito procesional en el Viernes de Dolores, y en un alarde de impaciencia revive cuanto antes el misterio: tardo anochecer de primavera que enmarca la procesión de Vía Matris; estampa cargada de contenido dolor que nos trasmiten el Cristo de los Afligidos y la nueva imagen de la Señora de la Paz; sensación de resignada inquietud en el ambiente, y preámbulo que prepara al drama que se avecina.

La tradicional Semana Santa abulense, llena también de esencia creativa en su devocional espíritu, sabe reinventar y nutrir desde la juventud el pasado, y da a luz hoy nuevo desfile, el organizado por la Hermandad de los Estudiantes, que desfilarán con la imagen de su Cristo en el sábado previo a los Ramos.

Pero la secuencia histórica de toda Semana Santa arranca y se cierra en el espacio de dos domingos de júbilo, de ahí que dos mil años después, la historia siga devolviéndonos en triunfo el Domingo de Ramos. Ondean al viento de la mañana, banderolas y arcos de palmas junto a ramos de laurel y olivo, entre el griterío de los niños que contemplan o procesionan entusiasmados al lado de su entrañable paso de la Borriquilla. Mis primeros recuerdos de niña se sitúan en este momento, extasiada frente al paso y el  luminoso colorido que produce la uniformidad morada y blanca de los hermanos de la Archicofradía de Jesús Nazareno de Medinaceli, que asiste la procesión.

Contenida alegría del Domingo de Ramos que irá tornándose durante la semana, poco a poco y conforme nos acercamos al drama del Viernes Santo, en sentimiento trágico y en sobrecogedor silencio, en freno de la vida cotidiana, y en silencioso transcurso de las quietas calles de Ávila. Es tiempo de oración y de penitencia en el que la ciudad se recoge sobre sí misma para vivir con intensidad actos penitenciales, procesiones, oficios, misereres, homilías y vía crucis de esta celebración sacra. 

La religiosidad ha tomado ya la calle cuando el Lunes Santo el público comienza a agolparse en la Plaza de Santa Teresa; va a asistir allí al encuentro del Cristo de la Ilusión con Nuestra Señora de la Esperanza; uno de los momentos más esperados, populares y queridos por los abulenses, en el que presencian la desgarrada despedida de la Madre en los prolegómenos de la muerte de su querido Hijo. Dramática estampa que encoge el alma y hace aflorar lagrimas del corazón al paso de la imagen, con los portadores arrodillados por el Arco de la Esperanza, bautizado así en nombre de tan dolorida madre.

Solo quien ha presenciado el canto de un miserere al paso de una procesión en lo más profundo de la noche castellana es capaz de entender lo que representa de sublimación espiritual esta celebración; y la grandeza, profundidad teológica y dramática de una Semana Santa como la nuestra. El Martes Santo abulense nos lo ofrece ante el Cristo de los Ajusticiados, en lo más hondo y frío de la noche. Antes hemos acompañado a Nuestra Señora de la Estrella en su visita al Convento fundado por la Santa, y hemos asistido al paso de la imagen de Nuestro Padre Jesús de Medinaceli, de serena abstracción en su mirada, a la vez dulce, dolorida y amorosa, en una procesión nocturna que constituye una extraordinaria representación de la Pasión de Cristo.  

Imágenes irrepetibles en ningún otro lugar; estampas únicas en su fuerza, su viveza y religioso testimonio, pero también por el encuadre arquitectónico y urbano que le presta el fondo de su ciudad histórica; fuerte, evocadora y señorial.

El silencio, además del recogimiento y la oración, constituye otro de los elementos diferenciadores de estas procesiones abulenses, de ahí que al anochecer del Miércoles Santo se abra paso la Procesión de este nombre, desfilando con el Santo Cristo Arrodillado, Cristo de la Agonía y la Virgen de las Angustias. Trinidad de imágenes que componen un hermosísimo conjunto, esencia del dolor y del sufrimiento, pero también inspirador de piedad, arrepentimiento y misericordia para los asistentes.

Se acerca ya el núcleo central de la Pasión; procesiones y actos se encadenan en continua sucesión. El Santo Cristo de las Batallas toma el relevo en plena noche, añadiendo al silencio tenso y respetuoso del día anterior el soniquete de esquilas y tambores, trompetas y cruces arrastrados por penitentes al paso del Arco del Mariscal, o subiendo lentamente el lienzo de la muralla. Una muralla de Ávila que iluminan dramáticas luces de antorcha; luminarias de fe popular en medio de una noche de luna, llena de agonía. Lágrimas de dolor por la impotencia y el desconsuelo.

Adivinada ya la madrugada, los abulenses cumplimos nuestra deuda de gratitud y justicia, y acompañamos en procesión a la tradicional imagen del Señor las Batallas; figura de medio torso, pequeña de porte pero grandiosa en su belleza; predilecta de los abulenses, encarnación de la victoria sobre el mal y sobre la muerte.

Ya en pleno triduo sacro, la celebración de la Pasión se solemniza en el Jueves Santo, día de entrega eucarística y de incondicionado reparto de amor, pero también de tensa espera ante el drama final de la injusta y redentora Muerte. Se apagan ya los cirios y comienzan el recorrido de todos a los «monumentos». Mientras, ya está en marcha la más antigua de las procesiones abulenses, la procesión de los Pasos; más de cuatro siglos de tradición y representación de los más importantes momentos de la Pasión de Cristo, los que representan en la calle nueve magníficos conjuntos escultóricos, las joyas artísticas más preciadas de esta Semana Santa amurallada.

Pero, nada en esta Semana puede entenderse si no es desde la luz y el significado que en la celebración proyectan aquellos acontecimientos centrales del Drama del Calvario, sucedidos al atardecer de aquel primer Viernes Santo.

 Siguiendo la tradición, la ciudad se echa a la calle en la madrugada con el fin de asistir al acto penitencial del Vía Crucis; miles de paisanos acompañan la magnífica imagen, toda belleza y divinidad, del Cristo de los Ajusticiados mientras recorre sus catorce estaciones.  Cánticos que rasgan el aire frío de Ávila en esa mañana, oraciones que se difuminan y se hacen ecos de piedad mientras se pierden en la lejanía.

Jesús, «la palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros», se dispone a volver al Padre. Pero antes, el pueblo de la ciudad amurallada quiere oír una vez más esa sentida palabra; una palabra que se vuelve agonía, pero también esperanza; una palabra que Jesús pronuncia ahora, en el momento sublime de la Cruz. El público abarrota la Iglesia de San Ignacio, y asiste -con devoción renovada cada año- al Sermón de las Siete Palabras. Acto emotivo y cargado de sentido religioso como pocos, catequesis viva que recuerda el lazo indisoluble que une el sentido trascendente de la muerte de Cristo, con la existencia de cada uno de nosotros.

Jesús, ajusticiado por nuestras faltas, ha muerto. Su descenso al sepulcro es escenificado y revivido en la Procesión de la Pasión y El Santo Entierro, procesión oficial de esta nuestra Semana Santa de la ciudad de Ávila. Procesión de especial emoción, devoción y afecto para todos los abulenses. Con qué emoción recuerdo mi participación, hace ya algunos años, en este principal desfile de nuestra Semana Santa, en el que portaba como concejala la enseña de la ciudad, de mi ciudad, de nuestra querida ciudad de Ávila.

Es el momento culminante del luto, el tiempo del dolor, el acontecimiento público más hermoso y dramático. Imágenes y ambiente para sentir y sufrir en carne propia la crucifixión y muerte de Cristo. El cortejo fúnebre de pasos y cofradías discurre por las calles rebosantes de público que mira, reza y sufre en silencio, con la vista clavada en sus Cristos agonizantes, o intentan suavizar el sufrimiento de esa Dolorosa a la que nos gustaría, entre lágrimas, poder susurrar al oído aquellos versos de Gerardo Diego.

Dame tu mano María

la de las tocas moradas.

Clávame tus siete espadas

en esta carne baldía.

Quiero ir contigo en la impía

tarde negra y amarilla.

Aquí en mi torpe mejilla

quiero ver si se retrata

esa lividez de plata

esa lágrima que brilla

Cristo vence a la muerte en la Vigilia Pascual del sábado. Pero antes del rito que nos devuelve al Cristo resucitado y vivo, la ciudad parece esperar sumida en sensación de vacío y abandono, como si el sufrimiento de las imágenes del viernes hubieran hecho difícil la esperanza. En este ambiente de dolor y tristeza asistimos a la procesión de la Soledad. De riguroso luto, decenas de mujeres acompañan a la Mujer en soledad y desamparo. Bellísima Virgen de gesto agotado y desvalido, apoyada en el madero de la Cruz; imagen de soledad, de vacío y abandono, que mira a lo alto mientras intenta aliviar con su mano el dolor de su oprimido corazón.

Pero todo cambia ya en el Domingo de Pascua. Jesús regresa del sepulcro y de la muerte. Se cierra el ciclo y la vida triunfa sobre la muerte, la luz sobre las tinieblas, el bien sobre el mal y sobre el pecado. La fe en la Resurrección llena de sentido todo lo vivido durante la semana, y Cristo en triunfo sale en procesión, ahora procesión gloriosa. Doblan de júbilo las campanas, suenan alegres cohetes y gozosas músicas. La calle se inunda de sonrisas y satisfacción espiritual. Es la hora de la alegría que culmina en el encuentro entre Madre e Hijo y que, en compañía de miles de abulenses se dirigen, en «el Pradillo», a la ermita del Resucitado para disfrutar de la fiesta. Todos cierran la celebración degustando viandas y magnífico hornazo.

Esta escena constituye para mí otro de esos momentos entrañables de nuestra Semana Santa de Ávila. Recuerdo haberlo vivido más intensamente en mi infancia, sin duda por el ambiente de liberación y de alegría que impregnaba aquella fiesta, después del luto y recogimiento de los días anteriores.

Queridas amigas y amigos, apagados los ecos de la celebración, a esta pregonera no le queda nada más que desearos a todos que viváis unos entrañables días de Semana Santa, en nuestra querida ciudad de Ávila, o allá donde podáis recordarla y revivirla. Invitad a vuestros familiares y amigos para que nos acompañen. Y con este motivo y en esta buena época, dadles a conocer nuestra maravillosa tierra.

No quiero dejar de agradecer a la Junta de Semana Santa de Ávila, y a todos cuantos trabajan por llevar a cabo estas celebraciones, su tarea y su desinteresado esfuerzo para que todo se desarrolle de la mejor manera.Y muy de corazón agradezco a los amigos del Hogar de Ávila en Madrid su invitación para pronunciar este pregón de Semana Santa.

A todos, os deseo la paz y felicidad que también nos traen estas celebraciones. Así lo pido para mí, para cada uno de vosotros y para vuestras familias a nuestra querida Virgen de Sonsoles, patrona de nuestros corazones.

Muchas gracias.

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