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Arrojaba sus cabellos cobrizos…

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Arrojaba sus rizos cobrizos por la ventana siempre que sentía que el viento se acercaba, y se dejaba acariciar. Esos días rompían la rutina y aquella muchacha sentía que su libertad era inmensa, a pesar de que al cerrar la ventana se chocaba con una realidad muy distinta. La libertad ligera que podía conseguir hacía que todo lo que no le prestaba tanta atención como el viento, todo aquello que debía estar bajo su control, se esfumara por un rato, y la convertía en una fuente de optimismo. Por supuesto, no era sólo el viento lo que buscaba fuera de su ventana. Un chico debajo de una gorra solía estar cerca de allí leyendo, y a ella le gustaba saber que había alguien con quien contar siempre, aunque el joven no imaginara que contaban con él. Se imaginaba mil historias sobre aquel muchacho, y tenía la secreta esperanza de que alguna fuera cierta, y le conociese a la perfección. Sin embargo, pronto a ella le fue resultando más difícil encontrar esas historias, y aquella libertad. El viento se había alejado una temporada, y el chico de la gorra con él. Nada en su mundo actuaba ya por cuenta propia, todo volvía a depender de ella. Su pelo apenas ondeaba, como un reflejo de aquello en lo que ella se estaba convirtiendo. Nada. La nada más opaca, la más limitada. Ni un sólo nuevo movimiento, ni un pensamiento original, ni una sonrisa. Por la noche pensaba que quizá también el viento se había rendido, y no quería tener que elegir su camino. Pero si el viento no escogía una dirección, su cabello no tendría ninguna en la que ir, y aquello era lo único que ella creía tener. Pero de nuevo, no era solo el viento… Algo en el mundo de aquella muchacha se estaba llevando sus ilusiones.
Se levantaba tormenta, la lluvia parecía anunciarse con prisas y el viento volvió, y chocaba con los ventanales. Ella, quieta, en su cama. Contemplaba el techo, imaginando allí el firmamento, más quieto aún sobre ella. Así, sus horas no tenían un sentido, mientras huía de su cita con el viento y sus cabellos se marchitaban.

Dejó de amanecer el mismo día en el que el sol dejó de reflejarse en el rojo de su pelo. No sólo para ella, había alguien más cuya existencia dependía de una visión concreta en los días de viento. Un libro, una gorra y un chico se escondían en una esquina, esperando ver la sonrisa libre de la joven pelirroja, pero sin interrumpir el espectáculo. La interrupción que nunca llegó hizo que la vida de la joven se tornase gris. Con ella, las esperanzas. Con ella, los amaneceres.

Sara Moreno Miranda

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